El grifo

http://www.eveandersson.com/photo-display/large/france/south/aix-en-provence-old-town-place-de-l-hotel-de-ville-fountain-face.html

(Publicado originalmente el 31/7/2015)

Cuando era pequeño, algunos años iba a pasar el verano con mi familia italiana, a una casa en la montaña (la Sila, que es el actual hogar de los silenos, supongo, o quizás solo de Sileno, maestro de Dionisio y dios de la embriaguez).

Pero allí no bebíamos demasiado vino, ni el agua del grifo, ni tampoco comprábamos agua embotellada, sino que, con alguno de los hombres de la casa, los niños íbamos por una carretera sinuosa hasta una fuente, un pequeño mojón al borde del camino con un pitorro curvado del que brotaba un flujo de agua constante. Agua buena, dicho con voz refrescada, con respeto hacia lo sagrado, con ese provincianismo del que pecamos todos y que, ineludiblemente, nos lleva a alabar la cultura de nuestro país, a recomendar la especialidad de nuestra ciudad y a defender que la lasaña de nuestra madre es la mejor que ha habido en la historia (permitidme este cambio de las tradicionales croquetas por mi amada lasaña: soy uno de esos seres, en apariencia inexplicables, a los que les repugnan las croquetas).

Era, sin duda, un agua fresca, gratuita y que no producía dengue, ni difteria, pero debo decir que, por divertido que fuera ir a buscar el agua (y por significativo que resulte que eso fuera divertido, en cuanto a la clase de actividades trepidantes que podían llevarse a cabo en esa casa), había algo que me preocupaba.

Esa agua maravillosa, esa acqua fresca, esa acqua buona… se perdía, en su mayor parte, por la alcantarilla de reja metálica a la que desembocaba. La fuente no paraba nunca, no dejaba de manar ambrosía hidráulica, en un despilfarro constante que me resutaba tan violento como incomprensible.

¿Por qué no le ponían un pulsador al grifo, como el que había en las fuentes del colegio? ¿O una manivela normal de las que tienen los grifos al uso, de esas que se giran para abrir o cerrar el paso del agua? ¿Cuánta gente podría beneficiarse de los efluvios líquidos que esa fuente desaprovechaba a cada instante?

Hoy, pensando en el embarazo, he pensado en esa fuente. Rumiaba una frase que había inventado (como muchos escritores, con frecuencia pienso en prosa), que decía que “al menos las embarazadas sacan algo de su cuerpo que vale la pena quedarse. De mi cuerpo han salido toda clase de cosas, pero no quiero guardarme ninguna”.

Pero me he acordado de las muelas del juicio que guardo en el cajón de mi escritorio. Eso lo sacaron de mi cuerpo y me lo quise guardar.

Y me he puesto a pensar en qué más cosas salían de mi cuerpo, más allá de los diversos flujos y escatologías normales, de las heces a la sangre y todo lo demás.

Vamos soltando escamas de piel muerta por ahí, pero esas prefiero no guardarlas. Me han sacado hueso, y hueso enfermo, y piel, y tampoco son cosas que quiera conservar. Me han sacado dientes, que sí que he guardado, y mi cuerpo pierde constantemente vello de la masa tupida que lo cubre, que no me importa perder porque se va regenerando, como la piel.

Me he cortado el pelo, y me he afeitado y recortado la barba, que ya me ha parecido bien que lo barriera el peluquero o que se fuera cadena abajo, y también se me ha caído el pelo de la cabeza, que sí me habría gustado conservar, pero antes de la caída, no después.

Y, reflexionando sobre todo esto, he pensado de forma confusa en la entropía, en la constante degradación del todo, en la vida como un proceso de muerte constante, un bombardeo de muerte que el cuerpo suple constantemente, hasta que no, y que nos va desgastando constantemente, en forma de pelo y escamas de piel y demás, que se pierden constantemente hasta que nos quedamos sin fuerzas.

Buscaba la forma de hacer una buena frase o párrafo o metáfora que me sirviese para hablar de este proceso para un posible artículo (sí, ya había pasado a pensar en esos términos), cuando me ha venido a la mente la fuente silena (silana) de mi infancia.

El ser humano y su vida como un proceso constante de destrucción y degradación, como el agua que fluye imparable del pitorro a la alcantarilla, de forma inevitable. Un desperdicio absoluto y constante a no ser que alguien fuera y pusiera las botellas debajo del chorro del agua y las recogiera. Con la diferencia, claro, que, en la metáfora de la fuente, el agua que no se malgasta la recoge otra persona, y en la literalidad del humano, es él mismo quien debe ocuparse de que su proceso de muerte constante que es la vida no sea solamente un desperdicio.

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