El amigo y la cola

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(Publicado originalmente el 27/7/2015)

El otro día, a media mañana, salí del despacho para comprarme un bocadillo de jamón en el Fornet que hay justo al lado.

Me puse en la cola y, al instante, vi a un chico que me hizo dar un vuelco al corazón. No, no me había enamorado, es que así es como me siento siempre que me encuentro de manera inesperada a alguien a quien conozco.

Pero… ¿Era él? Hacía mucho que no veía a este amigo (en los años que he pasado validando mis papeles en la frontera de la depresión, actué de forma distante e inadecuada hasta que algunos de mis amigos, como este, se dieron cuenta de que mi amistad no compensaba esa clase de trato por mi parte) y, si era él, había cambiado mucho de estilo. Seguía teniendo la cara chupada de pómulos marcados, la barbita clara y corta, el aspecto zorruno en general, y el cuerpo enjuto, fruto tanto del amor al deporte como de una disposición inquieta y nerviosa.

Mientras le miraba, fue su turno. Pidió, con la voz que esperaba, la voz grave y con un punto ahumado de mi amigo, lo que fuera que tomase. No lo recuerdo, yo estaba fijándome más en la persona y en la voz que en lo que decía con ella.

Vestía ropa deportiva, negra, una camiseta sin mangas y una riñonera. Nada que ver con su forma de vestise, que yo conozca, aunque quién sabe si antes de conocerle se vestía así y si ha regresado a este estilo previo mientras ya no nos veíamos.

Tenía más o menos la misma cara, y más o menos la misma barba, pero el pelo, en cambio, estaba largo y coronado por una coleta estilo samurai.

Le miré, con insistencia, y él, disimuladamente, me devolvió la mirada y rápidamente la apartó, con expresión alarmada.

¿Era él, que me había reconocido y no quería conversar conmigo? ¿Era un desconocido alarmado al comprobar que, efectivamente, un tío raro le observaba insistentemente haciendo cola? ¿O sí que era él pero yo estaba igualmente cambiado en algunos aspectos y no me había reconocido y, por lo tanto, estaba alarmado porque le observaba un loco? Yo también había cambiado, claro, pero ¿tanto como para que no se me reconociera? ¿O quizás había cambiado de esta forma vaga que le suponía a mi amigo potencial, si era él, y que le impedía estar seguro de si yo era yo?

Me volvió a mirar antes de marcharse, y vi en él algo que era claramente distinto. Los ojos.

No tenía los ojos estrechos que reforzaban la pinta de zorro astuto de mi amigo, sino unos ojos mucho más grandes y redondos.

Me dejó, de todos modos, con la duda. ¿Era un desconocido extrañamente parecido a mi amigo? ¿O era él, pero le habían cambiado los ojos, quizás con cirugía, o quizás con el paso del tiempo, y, al verme con ojos nuevos, no me reconocía? ¿O era yo el que ya no veía igual las cosas?

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