Mind the gap

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(Publicado originalmente el 24/7/2015)

Del mismo modo que, a partir de cierto momento, gran parte las personas que conocemos dejan de ser “originales” y pasamos a percibirlas como amalgamas de personas que conocimos en nuestro pasado, hay conceptos de otras clases que también quedan ligados a manifestaciones concretas de nuestra historia.

No me refiero exactamente al fantasma del asesinado que, ligado indefectiblemente al caserón en el que le apuñalaron, aparece en el aniversario de su muerte para aullar a los curiosos, para siempre o hasta que llegue un exorcista que le haga desaparecer, pero, hasta cierto punto, la idea se parece.

Para mí, el concepto de “mosquito” está ligado a un sitio concreto del jardín de la casa de veraneo de mi infancia, ahora de mis padres, en esos momentos de mis abuelos, en la que, bajo el cobijo de unos espesos pinos, junto a unos columpios frescos, había mosquitos que picaban incluso de día, y picaduras dolorosas, además.

Esos mosquitos diurnos, desechados en su momento como imposibles, reivindicados por la historia como mosquitos tigre pioneros, hacen que pensar el concepto de “mosquito”, y en el de que solo las hembras pican, hagan que mi mente rescate automáticamente esa zona de pinos y columpios.

Del mismo modo, fue con esos pinos con los que descubrí, al ver una inquietante herida abierta y sangrante en su corteza (sangre congelada en el tiempo, grandes goterones estáticos fosilizados a medio caer e infinitamente pegajosos) que los árboles tienen resina y que la fisiología vegetal es análoga, de forma extraña, a la nuestra.

La resina, los árboles, la naturaleza de las plantas, todos son fantasmas de mi mente que están ligados a esa zona arbolada.

Allí estaba también el limonero de mi abuela, el columpio en el que aprendí a columpiarme, la piscina en la que aprendí todo lo que tiene que ver con las piscinas (el filtro, el cloro, el concepto de “nadar piscinas”, el chorro de los filtros como masajeador gratuito…) y, como en los casos anteriores, el pensar en todos estos conceptos me devuelve, ligada en el tejido básico de la idea, la imagen de esos lugares de mi infancia.

Con la muerte de mis abuelos, un pariente, con maniobras legales tan inmorales como impecables, despojó a la casa de verano de esa zona de jardín.

Ha aniquilado el limonero de mi abuela, ha cortado mis pinos, ha quitado mis columpios, y solo la piscina permanece, sin escaleras, limpia y cuidada a la práctica, pero ponzoñosa para el alma. Este pariente, en un extraño exorcismo inverso, ha exorcizado la mansión, y solo han quedado los fantasmas, que acuden a ulularme al oído cada vez que pienso en resina, mosquitos, columpios, piscinas y mi infancia.

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