Post Mortem

https://www.bostonglobe.com/magazine/2014/10/17/calling-all-ouija-board-fans-salem/962IBIMs4lPDxGxPOZvnyH/story.html

(publicado originalmente el 25/10/2015)

Ya llevaban unas copas de más, y, apoltronados en las dos mesas del rincón del bar alicatado a la antigua, cubiertas de botellines vacíos de cerveza al tequila y servilletitas arrugadas, a todos se les habían ido soltando las lenguas y las mentes.

Eran un grupo multicultural. Europeos, americanos, asiáticos, africanos, atlantes, árticos… Y se conocían todos de hacía tiempo, de haber estudiado juntos en la residencia de ancianos, ahora hacía ya una eternidad. De hecho, esa noche era una reminiscencia de las noches de los viernes en las que, al acabar las clases, el destino predilecto era el bar, para charlar hasta altas horas.

Germínia, con la sonrisa traviesa cruzándole la cara oscura, aprovechó un instante de silencio:

“Bueno, ya que dices eso” en el barullo de la charla anterior a ese momento, había sido imposible saber de qué “eso” hablaba excepto para su interlocutor, pero ahora había subido el volumen y su voz apagó las demás conversaciones “dime: ¿cómo moriste la primera vez?”

Hubo ciertas risas, algunas más alcohólicas que vergonzosas, las otras justo lo contrario. Germínia miró a los reunidos alrededor de la mesa, satisfecha del efecto de su pregunta indiscreta.

“¡Cotilla!” Le respondió Manhuel. Pero reía.

Era ese momento de la noche en el que se atrevían a compartir intimidades.

“Conocí a una post-adulta en una fiesta, en primero de Geriátrico” empezó a explicar, calentando la botella con los dedos “y hubo mucha química. Esa misma noche, después de clavarnos cristales en los brazos un rato, Escáta sacó la Ouija”

“¿Escáta era la post-adulta?”

“¿Eh? Sí, sí. Y, eh, compartí su muerte. Enterrado vivo bajo un montón de escombros.”

Hubo algunos murmullos de aprobación, y otro amigo, Geriardo, soltó un “¡Hala!”, en parte para él mismo y en parte para la audiencia.

“¿Y tú, Germinia?” dijo Manhuel, satisfecho por su triunfo ante la provocación implícita de ella, que, en parte, había querido escandalizarle “¿No nos lo cuentas?”

La chica se rio, quizás un poco más escandalosamente de lo estrictamente necesario, para disimular su vergüenza al girarse las tornas.

“¡Fue muy sencillo!” dijo, aún estridente, “En una barbacoa, conocí a un post-adulto muy interesante, y una cosa llevó a la otra, y cuando nos íbamos me propuso llevarme a casa en su coche.”

“¿Y?”

“Yyyyyy… Pues no fuimos a mi casa, sino a su nicho, y allí nos enchufamos a la Ouija. Solo dejamos de respirar cuando dormíamos, muy plácidamente, pero, la verdad, fue especial.”

Ádave se excusó unos instantes para ir al baño y, con pasos tambaleantes, se dirigió al recoveco donde habían puesto el lavabo del bar, casi como si se hubiesen olvidado hasta el último segundo y hubiesen tenido que meterlo donde pensaban instalar el armario de la fregona.

Siempre le había gustado cotillear… mientras el cotilleado no fuese ella misma. Y si se quedaba en la mesa, pronto le tocaría.

Orinó, porque aunque lo del baño hubiese sido una excusa, la cerveza era la cerveza, y mientras se lavaba las manos se miró en el espejo.

Ojos entrecerrados de forma desigual, la piel, ahora rosada, cubierta de una capa fina de sudor, los bordes borrosos… Lo normal de cuando había bebido tanto.

Ahora aprovecharía que el baño estaba a medio camino entre la mesa de sus amigos y la puerta de salida y, tras pagar lo suyo en la barra (esta necrópolis era Barcelona, aquí cada cual pagaba lo suyo), se marcharía sin saludar.

Ádave tenía una vida de post-adulta normal y corriente. Ya hacía tiempo que había estudiado en el geriátrico, se había marchado de la cripta familiar a su propio nicho, como todos, y había conseguido ganarse el pan, más o menos, haciendo algo parecido a lo que le habría gustado hacer.

Iba al trabajo, hacía cosas con los amigos, pasaba ratos con la familia… lo normal, lo normal.

Pero las situaciones como la que se estaba produciendo en la mesa la incomodaban tremendamente. No porque fuese muy reservada, sino porque, desde hacía años, había una suposición implícita que permeaba su vida, y la de todos. A su edad, todo el mundo suponía que estaba muerta, y que probablemente moría con cierta regularidad. Pero no. Ádave no había muerto nunca.

Como los detalles sobre las muertes de cada uno eran privados, todo el mundo actuaba simplemente como si todo el mundo hubiera muerto, sin hacer nunca referencia al asunto, y, por lo tanto, Ádave podía vivir su día a día sin demasiados problemas. Raramente se mencionaba la muerte, en realidad, pero quizás por sus circunstancias, Ádave notaba que una gran parte de la estructura de la sociedad no solo estaba impregnada de esta vida post-mortem, sino que nadie parecía notarlo, y hacerlo notar era a la vez una perogrullada y de mal gusto.

La gente vivía en nichos o criptas, los coches fúnebres eran los de más alta gama, las mujeres se embalsamaban con toda clase de productos antes de salir de fiesta… Pero todo parecía natural, sin conexión, casual; excepto cuando se hacía notar, momento en el cual se consideraba ineludible, obvio como la gravedad, y de mal gusto, como hablar de ir al lavabo. Pero nadie parecía planteárselo más allá de unos pocos filósofos, teóricos, vivicionistas y, suponía Ádave, algunos post-adultos como ella.

O, al menos, lo esperaba.

En todo caso, no le resultaba difícil simular, porque, lo dicho, no se solía hablar de la muerte abiertamente, y si alguna situación propiciaba el tema, como se abordaba de forma superficial y rápida, con lo que Ádave había leído en el libro de los muertos tibetanos, en los textos escatológicos, en el viaje del héroe y demás, podía hablar lo suficiente de cosas como el cruce del umbral, la búsqueda del psicopompo o el juicio de las almas sin delatarse.

Pero, claro, en una ocasión rara como aquella, en la que se hablase de ello claramente, la cosa cambiaba.

Discretamente, pagó en la barra. Mientras esperaba la vuelta, cogió, ausente, un puñadito de las pequeñas calaveras de azúcar que había en un bol y se las llevó a la boca.

Cuando salió, sintió el bofetón del aire de la calle, también caliente y pegajoso, pero de una forma muy distinta del del interior.

“¡Ádave!”

Su amigo Yamb, que, aparentemente, también había decidido marcharse.

“¡Ostras, claro! ¡No había pensado en que te incomodaría la conversación!” le dijo ella, entorpecida por la bebida.

“Si, ya sabes. A los hindúes nos cuesta hablar abiertamente de las muertes. En principio creemos en la rueda de reencarnación, y claro, es un poco…”

“¿Vas hacia el metro?”

“En realidad tengo la moto, pero con lo que he bebido, no sé si dejarla aquí… ¿Me acompañarías a dar una vuelta, a ver si se me pasa un poco?”

Paseaban por la Rambla. Yamb y Ádave hacía mucho que eran buenos amigos, y, la verdad, siempre le había parecido que había algo entre ellos que no se atrevía a germinar -que no se atrevían a hacer germinar-, pero que siempre estaba ahí ahí, a punto.

Charlaron, entre el bullicio de turistas, mujeres con la Ouija a la vista, vendedores ambulantes de bebidas y demás fauna nocturna.

Después de un buen rato, regresaron hacia la moto. Se despidieron, y Ádave propuso: “¿Quizás nos podríamos ver este fin de semana?”

Él le sonrió, pero propuso que fuera la semana siguiente.

“Este finde he quedado con una chica del curro que quizás…” -la borrachera, claramente, no se le había pasado demasiado, y seguía suelto de la lengua, pero sí se había serenado lo suficiente como para interrumpirse avergonzado- “Bueno, que ya hablamos durante la semana. ¡Un beso!”

Se puso el casco y se marchó.

Ádave se dirigió hacia el subsuelo, a esperar el metro de la línea negra, al Cementerio de Montjuic, deseando estar ya en su nicho.

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