Hola, enfermera

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(Publicado originalmente el 10/7/2015)

Esta mañana, por tercer día consecutivo, he intentado irme a hacer un análisis de sangre, que como incluye ciertas hormonas del ciclo circadiano, debe hacerse a unas horas concretas de la mañana.

He ido temprano dentro de la franja, de seis y media a ocho, para asegurarme que hoy sí podrían atenderme dentro de ese margen, y, efectivamente, no he tenido que esperar mucho para pasar a la sala de espera.

Eso sí, parece ser que mi información no era exacta. El análisis se hace A PARTIR DE las ocho y hasta las nueve… Me quedaba algo más de media hora de espera, pero, por suerte, estaba acompañado de un libro de articuentos de Millás.

Después de cincuenta minutos, ya estaba en esa butaca con pinta de asiento de astronauta o de tortura, y la enfermera o lo que sea que te saca la sangre lo iba preparando todo.

Me ató una goma al brazo derecho, “apriete fuerte el puño”, y rápidamente empezó a toquetear y a quejarse. Lo sé, es el ritual de cada vez que me sacan sangre, tengo unas venas finísimas, cuando se hicieron el jefe de obra escatimó en los materiales para llevarse parte de los fondos.

“Buf, es dificilísimo, con tanta chicha no se encuentra”

Me hablaba, creí, con ese tono que usan las enfermeras que mezcla familiaridad forzada y desprecio. Contesté que siempre me pasaba lo mismo, diplomático, pero mientras lo decía me pareció que lo que la señora había hecho en realidad era echarme bronca, como si fuese mi culpa.

“Es que las agujas que usamos no son como las del culo, que son así ” separó los indices de cada mano unos diez centímetros “son muy finas, ¡Y con tanta chicha no se ve nada!”

Parecía que fuese mi culpa, efectivamente. Que hubiese enterrado las venas a posta porque, como pensaba que usaban arpones, pues ya iba a ir bien.

Lo probamos en el otro brazo, y empezó a echarme la bronca otra vez, pero esta vez su queja era clara.

“¡Tan gordo, no se encuentra ninguna vena!”

¿Había confundido esa señora el diálogo interior con el exterior? ¿Quizás, de tanto sacar sangre todo el día, no acababa de comprender la diferencia entre lo que discurre por el interior del cuerpo y lo que se saca afuera?

Pero no, efectivamente, esa señora me estaba recriminando estar gordo, lo cual hacía difícil su trabajo, como si hubiera engordado expresamente para ir verla a ella.

El diálogo quedó interrumpido por las instrucciones de cuándo apretar el puño y cuándo no. Extrajo la sangre, felicitándose a sí misma. “Lo he encontrado, y la sacaré toda de una vez, poco a poco. El análisis pide muchas cosas, pero la sacaré toda con un solo pinchazo”.

Cuando hubo terminado, me cogió la otra mano (“cogemos la manita y la ponemos aquí aguantando el algodoncito”) fue a guardar la sangre, hablando todavía en este bizarro e imparable diálogo interior externalizado, insistiendo en las dificultades que había provocado mi gordura y congratulándose por haber conseguido superarlas.

Yo, con mi diplomacia de costumbre, insistí. “Me pasa siempre, desde que era pequeño”.

Parecía haberse relajado un poco, la señora, y entendió lo que quería decirle, que era que mis venas eran malas, gordo o no.

Mientras iba pasando la sangre a los pequeños tubos etiquetados con mi código de identificación, empezó a hablar de una persona a la que conocía, como para indicar que lo mío no era nada, que tenía tan malas venas que cuando la habían operado luego era un drama ponerle la vía, y acababan pinchándole la medicación por vía intramuscular, y que si le ponían vías acababan obstruídas o infectándose…

“Buf, yo tengo problemas pero nunca he llegado a eso”.

Con su tono de mala profesora de parvulario, que le habla a todos los niños como si fuesen tontos, me respondió.

“Pues claro que no, tienes 28 años. No te han ingresado nunca.”

Harto de que me tomaran por idiota, bajé el tono, fruncí el ceño.

“Me han ingresado muchísimas veces, desde que era pequeño. Las vías me las hacen en la mano”.

Azorada por esta súbita muestra de agresividad, me tomó la mano mientras decía “sí, sí, ya veo que tus manos van bien para…”

Rehuía mi mirada, casi me pareció que se ponía a sudar. Me sentí mal por haberla alterado de esta manera. Entendí que no tenía mala intención. Que, del mismo modo que, de tanto sacar sangre, había acabado externalizando su monólogo interior, la deformación profesional le impedía relacionarse con los pacientes sin pincharles.

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