LA

(publicado originalmente el 29/6/2015)

“En la Torá” dijo mi terapeuta, con la mirada fija en una esquina “se habla de que todo lo vivo en la Tierra cuenta con un pequeño ángel que le impulsa a vivir. Todo animal, grande o pequeño, vaca o insecto, cada brizna de hierba tiene encima a un ángel, un espíritu protector, que, con voz amorosa, le da aliento. ‘¡Crece, adelante! ¡Tú puedes! ¡Acércate a ese Sol!’

Los seres humanos también, claro. ¿Has oído esa frase de que ‘el hombre es donde se encuentran el ángel y el simio’? No sabes la razón que tiene quien la dijo, porque ni siquiera él la entiende de verdad: los simios, como todos los animales, tenemos un espíritu propiciador. Pero, a diferencia del resto de animales, los humanos somos demasiado parecidos a los ángeles. Somos demasiado conscientes, tenemos demasiado aliento divino dentro de nosotros”

“Ajá…” dije dubitativo. Ella siguió:

“Imagina que los ángeles son campos magnéticos. Nuestra consciencia, tan parecida, interfiere en esos campos. Como si fuésemos de hierro, o quizás otro imán… Somos el puente entre nuestra carne, nuestro instinto primario y brutal, y el ángel.

Y, en vez de alentarnos como una madre cariñosa, se contaminan de humanidad, y nos gritan. ‘¡CRECE! ¡HAZTE MÁS FUERTE! ¡DOMINA AL OTRO O TE DOMINARÁ! ¡PLACER! ¡PLACER! ¡QUIEREN TU PLACER! ¡MÁTALOS Y CÓMETELOS! ¡COME, COME, COME!’”

Alcancé a decir otro diplomático “Ajá”, aunque era cada vez más evidente que, aunque me estaba hablando a mí, no hablaba conmigo.

“Por eso… por eso me metí en esto. Pero nadie me creyó, mis profesores se rieron de mí, me negaron la posibilidad de doctorarme, y, cuando vi que los psiquiatras eran un callejón sin salida y fui a buscar a los religiosos, los rabinos y estudiosos de la Torá me rechazaron como a una loca…

Y aquí estoy, en un cubículo minúsculo, recibiendo continuamente a personitas que me cuentan sus problemas, sin que yo les pueda explicar que, simplemente, es que han estropeado a su ángel, que ahora está dominado por sus impulsos animales, y que el comportamiento que eso produce los lleva a la infelicidad.”

Estuvimos unos minutos en silencio. Yo no alcanzaba a rescatar otro “Ajá”, y ella parecía perdida en esa esquina que había estado mirando mientras hablaba.

De pronto, su expresión cambió, y me miró y me saludó como si acabáramos de empezar la sesión.

Le hablé de esto y de aquello, sin entrar en el tema que me había estado preocupando últimamente: mis aspiraciones a dedicarme a escritor, que muchos no entendían, pero que parecía ser un mandato que me llegaba “desde arriba”.

Cuando salí, me compré un croissant de chocolate. Aunque hacía poco que había desayunado, no pude resistirme.

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